La clave de la inseguridad profesional

El error que cometemos casi todas: confundir inseguridad con falta de formación - Copy

July 30, 20266 min read

Por qué hacer otro curso no va a callar esa voz — y qué sí funciona

Una estadística que me dejó sin palabras

El 95% de las terapeutas que sufren el síndrome de la impostora no dudan de sus conocimientos cuando acompañan a una amiga.

Solo cuando van a cobrar por ello.

Cuando lo leí por primera vez, tuve que releerlo. Porque eso lo cambia todo. No es que no sepan. Es que saben perfectamente — pero algo interno les impide sentir que ese saber les pertenece cuando hay dinero de por medio, cuando hay una consulta que abrir, cuando hay un nombre en una web.

Ese algo tiene nombre. Y no es falta de formación.

El juez en el Síndrome de la impostora
"El Síndrome de la Impostora no siempre se ve como inseguridad: a veces se disfraza de exigencia y control. Descubre cómo actúa el Juez interno."

La terapeuta del ceño fruncido

Hace unos años trabajé con una mujer que recuerdo muy bien.

Tenía treinta años, llevaba varios cursos encima y una lista de certificados que ya empezaba a necesitar su propia carpeta. Se sentaba frente a mí con la espalda recta, voz firme, ceño levemente fruncido — ese gesto de quien piensa mientras habla, de quien se toma en serio lo que dice.

Cuando hablábamos de terapia, de casos, de técnicas, se notaba su seguridad. Sabía de lo que hablaba. Lo había estudiado, lo había practicado, lo había supervisado.

Pero había un momento concreto en que todo cambiaba.

Cada vez que tenía que exponerse — presentar algo delante de colegas, publicar en redes, hablar de su trabajo en público — algo se cerraba por dentro. Sudor en las manos. Garganta apretada. Mente que de repente se quedaba en blanco.

Y entonces decía, casi disculpándose:

"Es que todavía me falta base teórica. Cuando acabe este curso que tengo pendiente..."

La frase no la terminaba. No hacía falta.

La pregunta que lo cambió todo

Un día le pregunté algo que la hizo quedarse en silencio un momento largo.

¿Y si el problema no es de contenido, sino de confianza? ¿Y si lo que necesitas no es más formación, sino una voz interna que te acompañe en lugar de juzgarte?

Me miró. Resopló. Desvió la mirada hacia algún punto de la habitación.

Y entonces dijo:

"Pero es que si no sé suficiente, puedo hacer daño."

Ahí estaba. El miedo real. No era inseguridad sobre los conocimientos. Era miedo al error, al juicio, a la responsabilidad. Era una parte interna que llevaba años confundiendo exigencia con ética profesional.

Descubrimos juntas que la solución no era hacer otro curso. Lo que tenía que mirar de frente era el miedo a exponerse, a que la vieran, a no cumplir con las expectativas que ella misma se había construido.

Ahí estaba el verdadero obstáculo: un juez interno tan exigente que ningún máster iba a calmarlo.

Por qué la ecuación no cuadra

Hay una lógica que parece impecable y que en realidad es una trampa:

Me siento insegura → me falta formación → estudio más → me sentiré lista.

El problema es que esa ecuación nunca cierra. Siempre hay otro curso. Otro certificado. Otra supervisión pendiente. Otro autor que leer antes de sentirse suficientemente preparada.

Y mientras tanto, la consulta no se abre. El perfil de Instagram permanece vacío. El precio sigue siendo el mismo desde hace tres años porque subirlo se siente como mentir.

¿Por qué no cierra la ecuación?

Porque la inseguridad no viene de donde se piensa.

La inseguridad profesional en terapeutas no vive en el córtex — esa parte racional del cerebro donde procesamos información, aprendemos conceptos, acumulamos conocimiento. Vive en el sistema límbico. En la memoria emocional. En la parte del cerebro que aprendió hace mucho tiempo, mucho antes de la carrera, que mostrar quién eres tiene un coste.

Y esa parte no se actualiza con un diploma.

Lo que yo hice durante años — y me salió caro

Puedo hablar de esto desde dentro porque yo también lo hice.

Hice la carrera, las prácticas, cursos, una formación en acompañamiento a mujeres que sufrían violencia de género, un máster en sexología, terapia Gestalt, terapia corporal integrativa. Y lo que vino después, ahora que estoy a las puertas de los cincuenta, ya ni lo enumero.

Pero había algo que hacía en paralelo que durante mucho tiempo no quise ver: ofrecía mis servicios casi gratis. Bajaba el precio antes de que nadie me lo pidiera. Hacía cosas sin cobrar que tenían un valor real.

Me decía que era generosidad. Que era vocación.

La verdad, la que tardé en mirar de frente, es que era una manera muy sofisticada de mantenerme a salvo. Si no cobraba lo que valía, nadie podría cuestionarme. Si no me exponía del todo, nadie podría descubrirme.

El juez interno encontró la manera perfecta de protegerme: mantenerme pequeña.

La diferencia entre formación y transformación

Hay algo que sí cambió. No fue un curso. Fue el día que cayó en mis manos un artículo sobre el síndrome de la impostora.

Se me pusieron los pelos de punta. Encajó todo.

Lo compartí con mis amigas psicólogas. Y resultó que a casi todas les pasaba algo parecido. Distintas versiones del mismo sistema.

A partir de ahí empecé a entenderlo de verdad — no como concepto sino como experiencia propia. Y cuando lo trabajé desde dentro, algo se reorganizó. La formación siguió siendo importante. Pero dejó de ser la respuesta a una pregunta que en realidad era otra.

La formación da herramientas. La transformación cambia la relación que tienes contigo cuando usas esas herramientas. Son cosas distintas.

Tres señales de que lo que tienes no es falta de formación

Si reconoces alguna de estas situaciones, lo que describes no es inseguridad académica. Es el síndrome de la impostora profesional:

Cuando sabes pero no actúas.

El conocimiento está. Sabes lo que harías en esa situación. Pero algo frena antes de publicarlo, decirlo, cobrarlo. La formación está. La acción no sale.

Cuando el estándar siempre sube.

Cada vez que termina un curso, el listón aparece un poco más arriba. Nunca hay un punto de llegada. Siempre hay algo más que saber antes de sentirse lista.

Cuando con amigos y amigas funciona, con clientes no.

Se acompaña a una amiga y funciona, se sabe. Pero en cuanto hay dinero, hay contrato, hay expectativa formal — algo cambia. Ese algo no es el nivel de conocimientos. Es el sistema nervioso respondiendo a la exposición.

Para terminar

La terapeuta del ceño fruncido que aparece al principio de este artículo hoy publica en redes regularmente. La veo en Instagram mostrando su trabajo, contando lo que hace, ocupando el espacio que lleva años siendo suyo.

No porque hiciera otro curso.

Sino porque miró de frente lo que el juez interno llevaba años protegiéndola de ver.

Si algo de lo que has leído aquí te resuena — si reconoces la ecuación que no cierra, si conoces ese listón que siempre sube — tal vez lo que necesitas no es más información sobre el síndrome de la impostora.

Tal vez lo que necesitas es trabajarlo desde donde vive.

He creado un entrenamiento en audio gratuito para profesionales del acompañamiento que quieren entender cómo funciona el Juez Interno y empezar a transformarlo. Es el primer paso — y el más necesario.

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Ana Torres

Ana Torres

Psicóloga Sanitaria

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